Todo ocurrió en el invierno de 1978 cuando Julio F. había decidido salir a cazar, como lo hacía con frecuencia, junto a su perro Mus.
Se levantó muy temprano y cargó sus escopetas en su viejo Seat 124; eran aproximadamente las cinco de la madrugada.
El frío llenaba todo, era de noche y el camino se llenaba de brumas.
Todo discurría con normalidad, era la típica madrugada de cualquier invierno, pero a medida que hacía su ruta, Julio F. se dio cuenta de que algo parecía no ir bien.
Era una carretera bastante transitada regularmente y no se había cruzado con ningún vehículo desde hacía bastante tiempo.
Era realmente extraño, pero no le dio mayor importancia y siguió con su camino.
Avanzaba la madrugada y aquella ruta que Julio F. había recorrido en numerosas ocasiones se le estaba haciendo extremadamente larga.
No sabía cuál era el motivo, pero siguió avanzando, cuando de repente una voz pareció resonar en su cabeza.
Una voz como hipnótica que le dijo: "Tranquilo, no pasa nada, desvíate al parador 113".
Sin poder evitarla, obedeció aquella orden casi hipnótica y se dirigió al parador 113 en la Nacional II, en la provincia de Soria (España).
Llegó a aquel lugar muy famoso de aquellos años que era parada de cazadores y camioneros regularmente.
Se sorprendió de que en aquel lugar no hubiera nadie a esas horas, cuando era un lugar bastante concurrido. Se extrañó, pero se sentó a tomar un café.
Lo que Julio F. comprobó es que, durante el tiempo que estuvo en aquel lugar, no entró ni una sola persona dentro de la cafetería.
Observó curioso al camarero, un hombre que ciertamente era "algo extraño", un tipo de gran altura (más de 2 metros), de ojos muy grandes y piel blanquecina. Aquel extraño camarero portaba unos extraños guantes amarillos de plástico, para nada usuales en un camarero.
Se movía con cierta torpeza; además, parecía tener una especie de disfraz.
Y de todo ello, lo que más recordó con el paso del tiempo fue que este desprendía un fuerte olor como a pino que lo hacía muy desagradable.
Era una persona muy rara, ciertamente. Para sorpresa de este, el camarero le da unas indicaciones diciéndole dónde puede ir a cazar.
Le cuenta que, pasando el pueblo de Medinaceli, en una carretera rural junto al camino, podrá ir a cazar.
Así, Julio sale del parador rumbo a su nuevo "destino" sin saber aún por qué.
Sube en su viejo Seat 124 junto a su perro y entonces observa como una especie de luz o luminaria en el cielo que se sitúa sobre ellos.
Julio, sin una explicación lógica, la sigue; la luz se sitúa a una gran altura sobre ellos y se mueve a una velocidad constante.
La luz que se sitúa sobre el automóvil de repente hace un giro brusco y se precipita sobre este.
El vehículo parece como retroceder y poco a poco va parándose hasta quedarse totalmente parado en aquella carretera en medio de la nada.
Julio baja del vehículo, mira el motor, el carburador y todo estaba correcto; no sabía qué le pasaba al automóvil.
Su perro ladra estruendosamente y ve a lo lejos, entre la niebla, a dos seres aproximándose a gran velocidad.
Los dos seres eran de gran altura, vestían una especie de traje color verde ajustado y desprendían una extraña radiación de color fluorescente con un pasamontañas amarillento.
Aquellos seres lo miraban fijamente; sus rostros eran largos y huesudos, la piel pálida, labios finos y extremadamente largos.
Era imposible olvidar a aquellos seres y otra vez sintió aquel fuerte olor a pino.
Los seres se sitúan frente a él y le indican que lo sigan; estos, para sorpresa de Julio, no mueven la boca al hablar, pero él los puede entender perfectamente.
Para su sorpresa, se encuentra una gigantesca aeronave que se sostenía en el aire como sujetada por alguna extraña fuerza que la hacía permanecer ingrávida.
Julio se queda como paralizado al ver semejante vehículo.
De repente, una luz aparece desde lo alto de la nave que, sin aviso, absorbe a Julio y a su perro hacia el interior de la aeronave.
Julio se siente como confundido en un primer momento, pero cuando recupera la conciencia se da cuenta de que se encuentra en el interior de un recinto extraño. Sin duda es el interior de la aeronave.
Es un lugar de gran claridad y minimalista, sin aristas, de un metal extraño que no reconoce.
Ante él están los seres que le han transportado a aquel lugar; sus pupilas lo examinan de arriba abajo.
Otra vez escuchó esa voz en su cabeza: "Tranquilo, no te haremos daño, solo queremos examinar a tu perro, pero no lo haremos sin tu permiso".
Julio, sin saber por qué, accedió a que se examinara a su perro Mus, que fue conducido a una especie de espacio donde se le situó.
Uno de los seres pinchó en la pata al perro, entre los sollozos del animal que se sentía intimidado e impotente por no poder defenderse.
Lo siguiente que Julio F. recuerda era que regresaba a su automóvil junto a su perro; se sentía confundido y decidió volver a su casa.
Cuando se percató de dónde estaba, se dio cuenta de que era de noche y su reloj permanecía estático en la hora de aquel encuentro... Las 5:30 de la madrugada.
La vida de Julio F. a partir de ahora se convirtió en un sufrimiento terrible. Pesadillas constantes con aquellos seres, regresiones que poco a poco iban desenvolviendo la memoria oculta de aquella fatídica noche.
El fin de Julio F. paradójicamente ocurrió muy cerca de donde 10 años antes tuvo aquel encuentro en la madrugada junto a su fiel perro Mus.
Apareció muerto en extrañas circunstancias dentro de su vehículo a un costado de la carretera. Su muerte quedó en el más absoluto misterio.